Durante cuatro jornadas, especialistas de distintas disciplinas compartieron estudios sobre paisajes, registros geológicos y transformaciones ambientales del territorio chileno.
Entre el martes 6 y el viernes 9 de octubre se realizó el II Simposio de la Sociedad Chilena del Cuaternario (SOCHICUA). La Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Geografía (FAUG) y el Centro EULA de la Universidad de Concepción fueron la sede del encuentro y también coorganizadores.
SOCHICUA reúne a académicos, investigadores y científicos que estudian los últimos 2,6 millones de años de la historia de la Tierra. Desde distintas especialidades, abordan glaciaciones, climas pasados, paisajes, ecosistemas, océanos y presencia humana. El simposio es el espacio donde esa comunidad comparte sus investigaciones, coordina a sus socios y construye redes de trabajo.
La elección de la sede no fue casualidad. Antonio Maldonado, presidente de la sociedad, explicó que fue una decisión colectiva. “La idea siempre fue hacer este congreso año por medio. El primero fue en La Serena el 2024 y en esa instancia tuvimos la reunión de socios, donde se propuso a la FAUG como sede del siguiente simposio. Se hizo una votación y quedó la facultad, por eso estamos aquí hoy día”.
Aquella primera versión, realizada junto al centro científico CEAZA bajo el lema “Del hielo al desierto: investigaciones del período cuaternario en Chile”, reunió a especialistas en paleoecología, paleoclimatología, paleontología, geología, glaciología, arqueología y dendrocronología. Esta segunda edición mantuvo ese carácter transversal e interdisciplinario, que los propios participantes destacan como su mayor valor.
“Para mí es súper importante este tipo de congreso por la cantidad de ciencias que se involucran en las ciencias del Cuaternario. Aquí uno puede hablar con un geógrafo, con un antropólogo, con un geólogo y con otros profesionales, y podemos hacer ciencia interdisciplinaria, que es la idea fundamental del congreso y de la sociedad que lo organiza”, comentó Germán Aguilar, geólogo e investigador.
Mirar atrás para entender el presente
Las mediciones instrumentales del clima y del ambiente cubren apenas un par de siglos, un instante en la historia del planeta. Para entender cómo funciona la Tierra hay que mirar mucho más atrás, y ahí entra el Cuaternario.
Los sedimentos de lagos y mares, los hielos, las turberas, los depósitos glaciares y el polen atrapado en ellos guardan un registro de las condiciones ambientales previas a cualquier termómetro. Estudiados con la metodología correspondiente, cuentan cómo avanzaron y retrocedieron los glaciares, cómo se desplazaron los ecosistemas y cómo respondieron los paisajes a cambios naturales de gran escala. Estudiar ese pasado permite poner el presente en perspectiva, distinguir qué es variabilidad natural y qué no, y tener una base para anticipar lo que viene. Así lo explicó Martin Grosjean, paleolimnólogo de la Universidad de Bern y uno de los invitados internacionales del simposio.
“Este congreso trata de mirar hacia el pasado, y con pasado me refiero a todo lo anterior al período instrumental, cuando empezamos a tener observaciones: temperaturas medidas, nutrientes en el agua, imágenes satelitales para detectar incendios forestales. Pero es un período muy breve, de quizás 20, 30, 40 o 50 años. Si queremos hacer investigación relevante para las políticas públicas, necesitamos saber cuáles eran las condiciones de base antes de que los humanos empezaran a modificar el paisaje. Mirar hacia atrás es absolutamente esencial para una política pública con sentido”. (Traducción del inglés)
Esa mirada también tiene aplicaciones muy concretas hoy. Lucas Navarro Encina, geólogo que expuso en el simposio, estudia los abanicos aluviales que rodean el Salar de Atacama, en sus flancos oriental y occidental. Con dataciones geocronológicas y estudios geoquímicos, busca documentar los distintos episodios de construcción de estos abanicos y determinar cómo podrían estar relacionados con las concentraciones de litio del salar.
“Hay muchos procesos que se dan actualmente y que pueden llevarse al pasado, y probablemente los mismos procesos que estudiamos en el pasado también se reflejan en la actualidad. Eso nos puede traer una implicancia, por ejemplo, en cómo explotar los recursos naturales y, al mismo tiempo, entender cómo funcionan”, explicó Navarro.
Monte Verde: una edad en debate
El mismo método se pone a prueba en Monte Verde, en el sur de Chile, uno de los sitios más importantes porque cambió la forma de entender la llegada de los primeros humanos a América. Allí, un equipo de la Universidad Austral de Chile, del que forma parte la investigadora Ana María Abarzúa, estudió el registro sedimentario y realizó análisis de polen y carbón. El polen correspondía a ecosistemas fríos norpatagónicos, propios del final de la última glaciación, y el carbón permitió saber si hubo fuego en el paisaje. El tema, centrado en la edad del sitio, tuvo un espacio de debate en una de las jornadas del simposio.
“Para mí fue importante hacer este debate respecto de Monte Verde, porque existe una disputa en este minuto sobre su edad. Me permitió mostrar los resultados que hemos desarrollado en el laboratorio de Palinología de la Universidad Austral, que documenta la flora del final del Pleistoceno y concuerda con los hallazgos de otros investigadores para ese período. Nuestras evidencias demuestran y validan una edad pleistocena tardía de 14.500 años para el sitio de Monte Verde”, explicó Abarzúa.
Lo que el caso muestra no es solo el método de reconstruir un paisaje que ya no existe, sino también algo propio de las ciencias del Cuaternario: cada línea de evidencia se contrasta y se somete a revisión. Esta cronología sigue siendo objeto de una discusión científica abierta.
Hasta la próxima edición
Cuatro jornadas sobre el estudio del territorio. Eso deja este simposio: geólogos, geógrafos, y otros especialistas conversando sobre un pasado que ninguno puede descifrar solo. Y su alcance no se queda en el ámbito científico: saber cómo ha cambiado el paisaje importa a quienes toman decisiones sobre él. Mientras el territorio siga planteando preguntas, las ciencias del Cuaternario seguirán siendo necesarias, y también los espacios donde estas miradas puedan encontrarse. Esos espacios volverán a abrirse en el próximo SOCHICUA.


